CRISIS FINANCIERA

"CRISIS"
CRISIS

Paradoja

La gran paradoja de la actual crisis financiera es que los hombres no pueden adquirir los bienes que efectivamente han producido. En otras palabras, podríamos decir que nos encontramos en una situación de pobreza en medio de la superproducción. Si consiguiera anclarse firmemente esta idea en los cerebros de las personas, se habría dado el paso decisivo en el camino de la solución del problema. Sería, en verdad, el primer paso, el paso esencial, el demostrativo de que toda la llamada “ciencia económica no es más  que el fárrago pretencioso y vacuo de un enjambre de payasos, llamados economistas, subvencionados las más de las veces -directa o indirectamente, a sabiendas o, más a menudo, sin saberlo -por los beneficiarios de la demencial situación que padece el mundo.

Es evidentísimo, que si Occidente ha logrado producir bienes y está en condiciones de suministrar servicios, unos y otros cubriendo con creces sus actuales necesidades, debiera atravesar un período de bienestar sin parangón en toda su historia. ¿Porqué los bienes producidos no encuentran comprador? La respuesta salta a la vista. Por que los consumidores no están en disposición de comprarlos. Se traduce científicamente esta situación diciendo que el poder adquisitivo de los hombres ha disminuido en todas partes.

La Economía, entre otras cosas, es una manera de pensar, como lo son la moral, la estética, la ética, la política. Cada una de esas formas de pensamiento aísla una parte de la totalidad del mundo y la reivindica para sí. La Moral distingue entre bien y mal; la Estética entre belleza y fealdad: la economía entre útil e inútil, y, en su última fase puramente comercial entre beneficiario y deficitario.

La Política divide a los hombres en amigos y enemigos. Considerando el cuerpo político como un todo orgánico, no cabe la menor duda de que la Economía forma parte de la Política. Una parte subordinada, en su totalidad, al conjunto político. La Economía es al todo político lo que el sistema digestivo es a la totalidad de un ser vivo, y sí, conforme se asciende, desde el vegetal hasta el ser humano, pasando por el animal, menos importancia tiene, relativamente el sistema digestivo, tal importancia desciende aún más al llegar al ser orgánico superior por excelencia, la Gran Civilización. Es entonces, entre sus órganos constitutivos, un “ultimus inter pares” (ultimo entre iguales) y su función, aún siendo vital, es la menos noble de todas.

Hecha esta salvedad, consideramos imprescindible insistir en el hecho de que igual que un individuo puede morir a causa de una parálisis intestinal que, a su vez, provoque una peritonitis, también una Gran Civilización, y por tanto, una nación puede enfermar gravemente e incluso perecer  (desaparecer) a causa del caos creado por una enfermedad económica mal diagnosticada y, en consecuencia, inadecuadamente tratada.

 No creemos que el espectáculo actual de la miseria en medio de la abundancia permita duda alguna sobre el hecho de la enfermedad de la Economía Occidental. Enfermedad, además, degenerativa, pues del sistema digestivo ha pasado a esparcirse por todo el cuerpo del organismo, incluyendo su cerebro, pues algo debe funcionar mal en éste si admite sin rebeldía situaciones que repugnan al simple buen sentido, como la destrucción deliberada de cosechas para “mantener los precios agrícolas”.

Hemos dicho que la Economía es una parte subordinada al todo político. Un ejemplo más de lo patológico de la actual situación nos lo da el hecho de que lo contrario se tenga por real, es decir, que la Política esté subordinada a la Economía, y que ésta sea el motor de la Historia, absurdo propalado por Marx, pero insólitamente refrendado, en diversos grados de sentimiento, por sus enemigos de clase, los llamados “capitalistas”.

Vamos a ocuparnos de la Economía del organismo llamado Civilización Occidental, es decir, Europa y sus colonias Culturales esparcidas por el mundo, en una palabra: el Mundo Blanco Cristiano.

Y es que es preciso hacer una distinción entre mundo civilizado y mundo incivilizado, subdesarrollado, subcapaz o como quiera llamársele. Para los subdesarrollados, en las presentes condiciones y para muchos siglos aún, no existe solución para sus problemas económicos, aún contando con recursos fabulosos e inexplotados y con la ayuda, a fondo perdido, que les prestan los Estados Unidos, Europa y las organizaciones mundialistas.

Todos saben que una explotación, industrial o minera, dirigida por ingleses, italianos, alemanes, españoles o suecos, tendrá, probablemente, éxito, mientras que la misma explotación, dirigida por bantúes, mambaras o cafres (noble tribu del África Austral) será un fracaso total.

Afirmamos que el triste y patético espectáculo de un paria muriéndose de hambre ante una vaca sagrada o de otro indio cualquiera tumbado en un suelo feraz que no se cultiva para no arañar a la Madre Tierra y que los dioses no entren en cólera, nos deja completamente indiferentes.

La razón de tal indiferencia es doble: en primer lugar, porque participamos de la anticuada creencia de que antes de solucionar los problemas de los demás, hay que solucionar los propios, máxime cuando los pueblos de colores no desperdician oportunidad para recordarnos que ahora son “independientes”  y para achacarnos la culpa de todas sus miserias; en segundo lugar, porque la felicidad no puede exportarse. La felicidad, es decir, la propia realización es algo absolutamente personal, tanto a nivel del ser humano como al de una Cultura Superior.

Hemos visto, en África del Sur, a cafres con pendientes en las narices, conduciendo rutilantes “Mercedes”, vistiendo impecables trajes europeos, y…descalzos. Dichos cafres habitan en chozas idénticas a las que pueden verse junto al Aeropuerto de Kinshasa (la antigua Leopoldville), que a su vez deben ser iguales a las que construían sus antepasados hace mil años.

Allí donde el blanco impuso, en la época colonial, iglesias, hospitales y carreteras, vuelven rápidamente los hechiceros, los magos y los senderos de cabras. La higiene es consustancial con el europeo: bastante menos con el asiático; a los árabes se les deben imponer, bajo severísimo precepto religioso, las abluciones; y en los barrios y ciudades negras de todo el mundo, bajo climas y circunstancias diversos, desde Johannesburgo hasta Nueva York, y desde Nairobi hasta King’s Cross (Sydney, Australia) la suciedad es proverbial, sin que en ello influya para nada la supuesta -y desde luego falsa- pobreza del negro.

Pero volvamos a nuestro tema: el ámbito de nuestra Economía Occidental. La situación presente se resume en los siguientes puntos:

a).- En el mundo civilizado hay suficientes materias primas, mano de obra y conocimientos científicos suficientes para satisfacer abundantemente las necesidades de sus habitantes.

b).- La pobreza y la escasez existen porque la gente no tiene bastante dinero para comprar los bienes producidos por la industria y la agricultura modernas a un precio atrayente para los productores.

c).- Cuando a uno le falta algo de cualquier cosa, el más obvio remedio consiste en crearlo, y no supone ninguna dificultad física crear más dinero.

d).- La inflación, consistente en que haya más dinero que mercancías, es, evidentemente, una calamidad, pero el aumento paulatino de dinero y mercancías de manera que el poder adquisitivo de aquél se mantenga al mismo nivel que la producción y los precios permanezcan estables no tiene nada que ver con la inflación y es, a fin de cuentas, lo que necesitamos.

e).- La maquinaria y el uso de los recursos de la Naturaleza limitan, cada vez más, la necesidad del trabajo humano, mientras que incrementan la producción de riquezas, en bienes y servicios. Por consiguiente, las personas desplazadas del trabajo remunerado por la maquinaria deben recibir el suficiente dinero para poder comprar lo producido por las máquinas que les han desplazado de su trabajo.

No debemos permitir que los parados sean una carga para los que trabajan ni tampoco considerar que las máquinas son una maldición cuando debieran ser, al contrario, la bendición de la Humanidad al liberarla de muchas horas de trabajo y permitir a los hombres dedicar esas horas a actividades culturales o al tiempo libre creativo, en jardinería, deportes, excursionismo, estudio, etc.

Y esto es todo. Este es el problema. That is the question. Y si queremos solucionar el problema planteado en los cinco precedentes puntos, que resumen el Ser o No Ser de la Economía Occidental, debemos preguntarnos, con Shakespeare, qué es mejor para el espíritu:

¿Sufrir los flechazos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y vencerlas?

Porque el célebre monólogo hamletiano se aplica a la presente situación Occidental, en el plano político que, por definición, es total, luego también económico. ¿Qué debemos hacer? ¿Aceptar la explicación de los economistas clásicos que pretenden que los ciclos de prosperidad y miseria deben sucederse los unos a los otros en virtud de una misteriosa ley económica? O bien, mejor, ¿tomar las armas del sentido común para enfrentarse al piélago de calamidades económicas que nos depara el Gran Parásito, y vencerlas? Formular así el dilema equivale a resolverlo. Tomemos, pues, las armas del sentido común y hagámosle frente.

Casi todos se imaginan que para comprender nuestro sistema monetario es preciso poseer un cerebro superdotado y un don especial para las matemáticas. Nada más alejado de la verdad; es la ingeniería, no la finanza, quien requiere el dominio de las Altas Matemáticas: para comprender el funcionamiento de la moderna finanza lo único que se precisa es enfocar el

problema sin prejuicios; ver las cosas cómo son, y no cómo nos dicen que debieran ser; usar el sentido común, y emplear el viejo, pero siempre actual, sistema filosófico de la escuela tomista, la “reducción al absurdo”, que consiste en rechazar toda conclusión, por lógicas que pudieran parecer sus premisas, si tal conclusión conduce a un absurdo, como lo es, por ejemplo, que el todo sea menor que sus partes, que, al mismo tiempo, dos sólidos puedan ocupar el mismo espacio… o que, como pretenden los augures de la moderna economía, lo que debe hacerse para proteger a la Agricultura es quemar sus cosechas.

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